Proyectos propios y ajenos

Estos son los escenarios en los que se va construyendo el profesional que va por libre. Detectando oportunidades en los proyectos ajenos y desarrollando iniciativas propias, se ponen a prueba ideas y saberes, se crece y se aprende. Creo que con esta combinación creas tu oficio y ejerces tu profesión, todo en uno. Y, además, se gana la vida; porque si en la variedad está el gusto , en la combinación de flujos de ingresos (entre otros elementos) está la flexibilidad del profesional. La clave parece estar en “trabajar en red y trabajar con”, así lo estamos contando últimamente.

En los proyectos propios hay que idear, diseñar y financiar el proyecto. Y una vez hecho esto gestionar su comunicación, su marca y la comunidad que surge en torno a ellos. 

En los proyectos ajenos (propuestos o demandados) hay que investigar para conocer la filosofía, origen e historia del proyecto. Definir la idea fuerza sobre la que diseñar, planificar y ejecutar la estrategia y las acciones. Para luego gestionar la comunicación, la marca, la comunidad.

Proyectos propios

Visto así los proyectos propios parecen más apetecibles y más fáciles de implementar porque depende solo de tí. Pero buscar y crear estructuras de trabajo para llevar a cabo los proyectos propios es un arduo trabajo, porque hay que hacerlo todo desde cero:

  • tener un conocimiento y un saber hacer. Un oficio en el que te desarrollas.
  • descubrir, diseñar y establecer rutinas de trabajo en común. El trabajo en equipo que funciona
  • tener objetivos comunes (comerciales, profesionales, …). Lo cual nos obliga a una conversación continua para poder elegir a los colaboradores, para trabajar durante el proyecto en cuestión.
  • definir la red y los roles. Decidir y saber quién es quién y quién hace hace qué.
  • reconocer el contexto del que surges y en el que te mueves. Para resultar atractivo a aquellos con los que quieres trabajar, saber cuál es el valor/valores que puedes aportar. Al tiempo que decides que valores y significados quieres  aceptar de otros.

Y con todo esto inicias un camino de ensayo y error, de acción e investigación entrelazadas, para la planificación, comunicación y ejecución del proyecto.

  • Investigar y situarte en un contexto. Revisar notas, retomar y ampliar lecturas, indagar un poco más para ver la actualidad del sector o sectores en los que se inscribe el proyecto. Analizar proyectos similares, en circunstancias, actores, objetivos. Hacer una pregunta más a esa idea inicial para ponerla a prueba.
  • Definir el contexto, decidir el ámbito en el que se inscribe el proyecto y delimitar los objetivos generales del mismo. Para poder “empaquetarlo para su venta” y presentarlo con una sola frase a una persona concreta.
  • Identificar a quién le interesa y decidir con quiero compartir este proyecto, con quién quiero trabajar. Esto es, quién quiero que me financie y por qué, y quién quiero que se beneficie de este proyecto y por qué.
  • Trazar una estrategia. Un plan general que se expresa en no más de un párrafo.
  • Decidir las tácticas. Enumerar los pasos a dar, colocarlos en el calendario y asignar un responsable.

Proyectos ajenos.

Diseñar la comunicación para el proyecto de otro no tendría mayor dificultad si aplicamos una visión instrumental de la comunicación, hacemos publicidad convencional e incorporamos las últimas tendencias en comunicación social. Pero como eso no sabemos hacerlo, sino que lo que de verdad sabemos hacer es complicarnos la vida. Entonces  iniciamos una conversación con el cliente que nos permita conocerlo y hacer con él unas relaciones públicas interesantes, conocerse él y establecer una comunicación que le permita construirse.

Antes de optar por un tipo de comunicación u otra, creo que es interesante dejar claro dos conceptos de este tipo de proyectos. Básicamente me he encontrado con dos tipos de proyectos ajenos, la comunicación de un evento en particular y la comunicación de la organización en general.

Cuando se trata de la comunicación de un evento hay que tener claro que, en primer lugar, la existencia o no del evento es una decisión directiva (ya sea un político por tratarse de la administración pública o un directivo por estar en la empresa privada), al final hay una persona que tiene la última palabra en la realización o no de el evento, por tanto es el responsable.

La visión del responsable marca la diferencia entre un tipo de evento y otros. Una visión a largo plazo es aquella que concibe el evento como algo que debe arraigar en el público (o en la ciudadanía en el caso de la Admon) como algo propio, algo que crea comunidad y que la diferencia, de ahí se obtiene el compromiso de participación. Que la gente lo haga suyo le permitirá vivir más allá de la legislatura de turno. Lo hará más resiliente. Y ¿por qué querríamos que un evento o proyecto sea resiliente? porque responde a cuestiones reales de un contexto concreto y, por tanto, ofrece valor, tiene significado.

De modo que si es la primera edición del evento X, o si se está pensando en una renovación tras varias ediciones, la meta es hacer un proyecto que ofrezca valor a la gente que queremos que participe, que  tenga significado. Y esto es lo que condiciona la estrategia de comunicación y la construcción de su relato. Un relato que en un primer momento estará orientado a convencer, a seducir, a los participantes y que más adelante se transformará por la propia continuidad del proyecto (vivo y en conversación).

Una visión a corto plazo, orientada a conseguir solo visibilidad e impacto mediático, medido según la adhesión dela opinión pública; nos da como resultado un proyecto débil, cuya continuidad depende de los resultados de la primera edición (o de la última según sea el caso). Carece de plan, de proyección y de visión, de relato al fin y al cabo; porque está basado en la ocurrencia y no en las personas reales.

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