Sonia Beltran

ensayo y error de una profesión

Personas por máquinas

Hace unos días leía sobre las características de la colaboración. La construcción de proyectos, cosas o ideas a partir de una comunidad (más o menos estable, formal, …), una construcción en la que todos los miembros participan de alguna manera.

Por otro lado me veo inmersa en la tarea de detectar (para definir) esas formas de trabajar colaborativamente. Y rebusco en mis ideas previas, destapo reflexiones paralelas a mi experiencia y, quizás por deformación profesional, echo la vista atrás y analizo el hoy comparándolo con el ayer (el ayer son en realidad muchos y merecen al menos una entrada a parte).

Lo que leía sobre colaborar está aquí y aquí, no hace falta que lo repita yo ( de hecho ya compartí alguna ida-experiencia hace unos meses, si acaso ya escribiré con otras reflexiones y/o datos). Lo que comparto aquí es mi impresión de lo que la construcción colaborativa está significando.

Tras la industrialización del s.XIX* y la confianza, a veces ciega, en la tecnología que reinó en el siglo XX**, llega (o vuelve) el momento de reconocer el valor de las personas. Y un valor que no viene dado por el contexto (familia, territorio, …) sino por las potencialidades de una persona puestas al servicio de una comunidad-proyecto.

Hablo de potencialidades porque no quiero reducir “lo que alguien tiene que aportar” a una lista de habilidades o conocimientos adquiridos durante la formación académica o que se presupongan de un perfil profesional. Y porque, una determinada persona puesta ante un reto concreto puede aportar incontables  visiones inesperadas.

Ir más allá, y más acá, de una aportación individual; que se sumaría a un proyecto como una pieza que cualquier otro podría haber aportado. Cada aportación individual se convierte en algo genuino. Para generar algo único en la medida que se ha gestado en un momento y un entorno concreto.

Evidentemente, personas distintas en entornos distintos pueden idear las mismas cosas. Pero eso no resta originalidad a la comunidad, al proyecto, .. ni resta valor a la sabiduría transversal que se crea.

Ahora bien ¿cómo sacar esas potencialidades de la caverna a la luz? Entiendo que hay dos procesos, la confianza hacia el grupo y la confianza hacia uno mismo. La primera necesita tiempo y acción. Ni basta con dejar pasar el tiempo, ni podemos esperar que el deseo de colaborar nos de, al instante, la tranquilidad de fiarnos del otro.

La segunda es un camino individual, pero no siempre solitario. Y sobre él se ha dicho y se dice mucho. Ahora sólo enuncio mi opinión, una educación libre.

Y por último me veo obligada (por esta reflexión) a conectarlo con mi post anterior, “Museo o máquina del tiempo”, que no hablaba explícitamente de colaboraciones, pero que induce a pensar en la necesidad de las mismas (al menos yo las tenía en mente cuando pensaba-escribía).

Todo esto para decir que son las personas las que hacen las cosas, las que producen los cambios, las que plantean los retos, … las máquinas son un medio no un fin 😉

( *, **: esos son algunos de los ayeres a los que me refería)

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2 Comments

  1. Grande Sonia, grande!! Bueno, lo que tú llamas “deformación profesional”, yo lo llamaré “gran cualidad”, ya que eso que dices de “echar la vista atrás” es super importante precisamente para rememorar aprendizajes y para saber comparar el ayer con el hoy.

    Coincido, el valor de una personal está en lo que puede aportar en una situación concreta. El otro día leía que “toda persona debe tener su propuesta”, la cual, ya no es solo válida por su valor como idea individual, sino por lo que gana a entrar en contacto con otras, y formar una comunidad.

    Como aportación diré algo que escuché el otro día: para colaborar primero es necesario querer colaborar. Y muy importante, que definamos qué entendemos por colaborar.

    • primero, gracias!!
      segundo, coincido contigo; es fundamental tener la voluntad de colaborar y saber de qué estamos hablando.
      😉

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